El SÍ de los Montes de María

El SÍ de los Montes de María

La región ratificó en el plebiscito que su futuro es el de la reconciliación, y que sus comunidades se niegan al regreso del conflicto.

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Por Marta Ruiz

Por fortuna, la paz no se decreta ni es un episodio milagroso que surge de la firma de un acuerdo o de una votación masiva. La paz es un proceso social, una construcción colectiva que surge de la voluntad de las comunidades. Eso es lo que ha demostrado Montes de María a lo largo de casi una década. Desde hace una década, esta zona ha estado alimentando la reconciliación de diversas maneras. Con los retornos, por un lado; con la restitución de tierras, con la reparación individual y colectiva; con la memoria y, por supuesto, con los procesos sociales de desarrollo rural y de resistencia a la violencia.
Muchas manos se han unido para ir tejiendo poco a poco esa esperanza de paz montemariana. La de las comunidades y organizaciones, en primer lugar; la de las oenegés y los cooperantes internacionales; la de la empresa privada y, por supuesto, la paz de los gobiernos locales y nacionales. Para nadie ha sido fácil. Unos y otros han cometido errores. Porque no es fácil superar el pasado, máxime cuando este fue de guerra, lo que implica dolores, desconfianzas, culpas compartidas y conflicto de intereses. Pero también ha habido aciertos y aprendizajes. Algunos de ellos han sido: la imperiosa necesidad de un diálogo abierto y sincero; la necesidad de mirar hacia un futuro compartido; y la paciencia, porque nada se hace de un día para otro.
La paz y la reconciliación de Montes de María, por tanto, no dependen del acuerdo que se firmó en Cartagena el 26 de septiembre, ni del firmado el 23 de noviembre en Bogotá. Sin embargo, el acuerdo de La Habana era un catalizador para ese proceso. Significaba respaldo, ayuda, empatía con esa idea. Hacía menos difícil de lo que ha sido hasta ahora ese proceso, y lo hacía más incluyente y más democrático. Por eso, que ganara el No en el plebiscito fue un golpe duro para una región que votó mayoritariamente por el Sí. Porque el acuerdo había sido entendido como una oportunidad para los Montes de María, en especial para quienes más han sufrido a causa de la guerra.
Desde que empezaron los diálogos de La Habana, en el territorio empezó a crecer la expectativa de un futuro mejor. Para entonces, ya en la región había menguado casi en su totalidad el conflicto armado. Las Farc, prácticamente, habían desaparecido como grupo insurgente en la región; los paramilitares se había desmovilizado y aunque habías secuelas de su violencia, no tenían la magnitud de otros tiempos; y la fuerza pública había cambiado su actitud bélica hacia una más constructiva con las comunidades.
Posiblemente, en esta parte del país, un acuerdo como el del cese al fuego tendría menos impacto. Sin embargo, otros puntos de los acuerdos podrían tener un gran potencial transformador. El agrario, sin duda, máxime si se tiene en cuenta que Montes de María estaba considerada como una de las posibles regiones para aplicar los Programas de Desarrollo Rural con Enfoque Territorial. También porque ha sido una zona de histórico despojo de tierras, y por tanto la titulación de 7 millones de hectáreas y la entrega de 3 millones a quienes no las tienen, podría aliviar la pobreza que se vive.
La apertura democrática también traía esperanza. Después de vivir con tanta fuerza fenómenos como el de la parapolítica, la región está preparándose para un mayor pluralismo y para el surgimiento de nuevos liderazgos. Por eso la promesa de una democracia más participativa y la posibilidad de tener una representación campesina en el Congreso, a través de las curules especiales, era un buen principio.
Respecto al punto de las víctimas, para la región había una posibilidad real de justicia y del cierre definitivo a través de la reconciliación. A pesar de que en el proceso de Justicia y Paz que se ha aplicado para los paramilitares durante los últimos diez años, la verdad ha sido esquiva. Las masacres siguen sin esclarecerse y, sobre todo, el problema de la tierra. Hay miles de desaparecidos por encontrar y la reparación a las víctimas, de las minas antipersonal y de los menores reclutados no da espera.
En cuanto al fin del conflicto, la reincorporación de los guerrilleros y de sus garantías de seguridad tendrán un gran impacto en la región. Muchos combatientes volverán a sus hogares vivos, otros, tristemente, serán recuperados ya sin vida. Y se activarán mecanismos de protección para contener y frenar a los grupos criminales que tienden a crecer en algunos municipios de la región, alimentados por mafias propias y foráneas, y por la excesiva exclusión de una juventud sin oportunidades laborales ni académicas.
Con el triunfo del No, muchos sueños han quedado en la incertidumbre o han sido aplazados, quién sabe por cuánto tiempo. El país entró en una encrucijada política que tendrá implicaciones y que de todos modos anuncia una implementación nada fácil. Esto, sin embargo, no quiere decir que Montes de María ponga en riesgo lo logrado hasta ahora en materia de reconciliación. Todo lo contrario. La región es un ejemplo de construcción de paz desde la base para todo el país. También ha demostrado cómo se complementan los esfuerzos del desarrollo rural con la convivencia, y ha sido un laboratorio para que las víctimas se conviertan en protagonistas de su propio destino.
Construir paz sobre la base de la verdad, la justicia social y la tolerancia, como se dijo antes, es una tarea de largo plazo, que requiere de gran voluntad y decisión. Una voluntad y decisión que ya están sembradas en la región y que, por tanto, no desaparecerán por los avatares de la política. Los caminos de Montes de María no han estado exentos de dificultades. Esta es una más, y quién sabe si a la postre no se convierta en una oportunidad para hacer más sólidas las bases de una reconciliación que ya está en marcha. 

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